Elogio a la lentitud, contra el estigma de ir lento



El libro de Carl Honoré “Elogio a la lentitud”, hace honor al tiempo, a lo que va despacio, al ritmo propio, pero algo que parece tan obvio, es un lujo en nuestros días. Ir despacio en la cocina, en la construcción de las ciudades, en el sexo, en la espiritualidad. Carl Honoré hace un recorrido por el movimiento slow en todo el mundo, contando de primera mano experiencias que dejarán a más de uno pensando sobre lo rápido que va.

Más allá de lo anecdótico, este libro tiene algo muy importante: nos hace conscientes de la espiral de la velocidad en la cual estamos atrapados. Es imposible decir “esto no me pasa a mí”, desde las primeras líneas el lector se sentirá identificado con este periodista preocupado en un inicio por los cuentos de un minuto para sus hijos antes de ir a la cama.

Ir lento es hoy un estigma, en eso coincido con el autor, “el tiempo vale oro”, pero también vale salud, calidad de vida y horas de vínculo con otros. Bien lo dice el autor: “Hoy todo el mundo sufre la ENFERMEDAD DEL TIEMPO: la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja y debes pedalear cada vez más rápido”.

Sí, se trata de una enfermedad, de la velocidad por la velocidad. Desde pequeños hemos ido desconectándonos del propio ritmo, dejamos de escuchar hacia adentro, para volvernos reactivos con lo de afuera. Es momento de ir más lento, el libro de Honoré es un buen comienzo, una buena manera de llamar a las sociedades modernas a colocar la atención sobre sus ideas del tiempo, a valorar más justa y seriamente este tema. Ir lento deberá ser una forma de rehabilitación de la psique y del cuerpo, así la lentitud dejará de ser un estigma, para convertirse en la norma, ojalá, eso suceda algún día no muy lejano.  


Heison Moreno (Psicólogo-Lic. En Comunicación Social)
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Autismo: el dolor invisible

“El autismo te cambia la vida”, me dijo una vez una madre, y solo después de muchas horas de angustias compartidas junto a otras decenas de madres, finalmente he podido comprender que me quiso decir con esa frase. Ella no se refería al cambio en sus rutinas, a las horas de terapia y a los recursos económicos que ahora debía dedicar a su hijo diagnosticado con este trastorno, se refería al dolor. En al autismo todas las soledades se juntan. La soledad de sentirse la única madre con un hijo con este diagnóstico, la soledad de creer por un corto momento en ser la única que no entiende lo que tiene su propio hijo, la soledad de la duda frente al discurso técnico “de los especialistas”, la soledad impotente de no comprender a su hijo, la soledad llena de estigma cuando sale a la calle y su hijo tiene un berrinche, la soledad cuando rechazan a su hijo en un colegio con cualquier excusa fácil, la cruda soledad de sentirse sola aún cuando tiene gente alrededor. He podido comprender un poco más que las soledades del autismo duelen mucho, hondo. En el autismo, el dolor, además de soledad, se llama incertidumbre, la falta de certeza que comienza con el diagnóstico, con los acuerdos y desacuerdos (son mucho más estos últimos) de “los especialistas”, con la falta de convicción de los mismos familiares, con la inseguridad diaria y constante de no saber hacia dónde se avanza, la incertidumbre siempre viva, ardiendo como un fósforo en el pecho, de no saber qué pasará cuando no estemos. El autismo es tan paradójico que incluso las esperanzas duelen, la  esperanza inmortal, siempre presente, de que el hijo se cure, que el autismo se convierta en un mal sueño, la esperanza de lograr encontrar un buen colegio, una maestra que entienda al niño, las grandes esperanzas de que el niño tenga una profesión y  haga su propia familia, la esperanza de esperar que alguien venga y acabe con todas esas soledades e incertidumbres. El autismo es un que casi siempre se hace a solas, en silencio, con nuestro niño, adolescente o adulto al lado, es un viaje al que siempre queremos darle sentido, aunque al principio parezca difícil. Un viaje que a veces va lento, otros más rápidos. Un viaje que las madres no eligieron, pero que deciden hacer, en medio de sus lágrimas y alegrías, tratando de sobrevivir a la angustia. En el autismo el dolor es invisible, solo esas madres, esos cuidadores, saben cuánto tiene de profundo ese dolor, cuánto de real duele el autismo. Nadie lo ve. Los especialistas, hermanos, abuelos, maestros, vecinos, solo somos extraños en un dolor que únicamente se siente propio cuando se tiene un hijo con autismo. Ojalá algún día hayamos la humildad, la paciencia y la sabiduría para ser compañeros dignos en ese viaje, sin intenciones omnipotentes de querer ahuyentar todas las soledades y las incertidumbres al mismo tiempo. Deberíamos querer solo estar ahí, al lado, acompañando dándole sentido a las lágrimas y las sonrisas, sin juicios ni estigmas, seguro, cuando eso pase, haremos el dolor del autismo VISIBLE, para siempre. 

A pesar de las adversidades...

A pesar de las adversidades siempre hay tiempo para la paz, momentos para estar plenamente conscientes de que siempre el bien-estar es una posibilidad factible, real, concreta. El dolor es UNA posibilidad no LA Única posibilidad. Si solo dejarámos de luchar tanto con el dolor, si nos reconciliamos con esos momentos "difíciles" y los dejamos actuar para "hacer alma" como decía Jung, podríamos recorrer esa "noche oscura del alma" con más sosiego, la resistencia solo genera más angustia. Pero todo esto no es posible sin consciencia, sin auto conocimiento, sin mirar hacia adentro, si ponemos todo afuera siempre estaremos luchando con algo que no es nuestro, con situaciones impuestas, con experiencias ajenas. Aceptar lo que somos, pero primero debemos saber quiénes somos, las preguntas clásicas y poco respondidas: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? Siempre, siempre, los días difíciles y los más felices son posbilidades, todo evento es circunstancial, todo cambia, todo pasa.

Explicar y repetir a los padres

"El primer día te quería matar",  con eso frase me sorprendió la madre de un niño con trastorno del espectro autista  al que había ingresado a un programa de terapia conductual conmigo y que apenas tenia dos sesiones viendo. Esta situación me hizo comprender de una manera frontal lo difícil que resulta para los adultos comprender algunas de las estrategias de manejo conductual dentro del consultorio y para los profesionales que las aplicamos un llamado a desarrollar con más cuidado la empatía.
Una de las mejores formar que he encontrado de acompañar a tantos padres en el manejo de sus hijos es  a través de una comunicación clara, sencilla y directa. A veces por el ritmo de trabajo los especialistas damos por entendido de este lado que el consultante ya sabe con lo que se va a encontrar, pero muchas veces, la mayoría de ellas ellas me atrevería a decir, no es así, por más obvia que parezca cualquier situación, nunca debemos subestimar el valor de una explicación y, lo que es más importante, de una repetición. En un primer momento quien no escucha puede creer que comprendió todo, sin embargo, cualquier cosa podría cambiar en un
ambiente tan volátil como el del trabajo con niños, los adultos siempre deben estar al tanto de lo que hacemos, cómo lo hacemos y para qué.

"¡Pues elijo el castigo!"

Muchos adultos llegan desesperados a la consulta porque a sus hijos "ya no les importa nada, ni los castigos (...) incluso me retan y me dicen 'castígame si quieres'".
El panorama no parece muy prometedor para estos cuidadores en crisis.
Siempre le digo a los padres que el castigo a veces es una elección de sus niños, a lo que ellos me ven con extrañeza como si les estuviera hablando de la forma más pura de masoquismo infantil.  Debemos entender que cuando hablamos de educación, y específicamente de cambio de comportamiento con la ayuda de las estrategias del análisis conductual aplicado, no estamos hablando de entrenar a un animal quien muy difícilmente podrá elegir, sino de seres humanos, esta es una de las diferencias entre la aplicación de estas estrategias en el ámbito humano y el animal.
Sí, es importante que con la aplicación de un consecuencia aversiva o desagradable después de su conducta el niño comprenda que el comportamiento que lo llevó a eso no está bien, pero más allá de eso es mucho más importante que entienda que su conducta tiene consecuencias siempre que escapan de su control y que lo que sí puede controlar es su propio comportamiento. Me refiero con esto a la elección, al poder elegir entre las infinitas posbilidades que se le presentan al niño cada día. Veamos un ejemplo: la mamá de María le advierte que en caso de no hacer la tarea en el tiempo destinado para ello, no podrá ver la televisión, pues llegará la hora de cerna y dormir. María se entretiene  jugando con los colores, la madre le insiste, María prefiere (elige) ponerse a pintar un dibujo que terminar la tarea señalada. Al final escogió no terminar la tarea y con  ello no ver la televisión, pero además al día siguiente tendrá que verle la cara a la maestra y decirle lo que sucedió con alguna consecuencia extra posible.
Los adultos no toleran esto, lo toman como un "desafío a su autoridad", sin entender que enseñar una conducta no implica en un primer momento que el niño haga la conducta de inmediato, sino que ENTIENDA que su elección tendrá consecuencias y que, según su actuación, estas podrían ser beneficiosas para él  o no.
Considero que lo más valioso de la disciplina es enseñar que existen las posibilidades y que nuestras elecciones son siempre nuestras, propias pero que aún así también siempre esas decisiones irán atadas a una consecuencia. Así que elegir el castigo también forma parte del aprendizaje, siempre y cuando se haga de manera consciente, enseñar a despertar esta auto observación es parte de la tarea de cualquier adulto responsable de la educación de un no.

La reparación

En un ataque de frustración José de 5 años tiró todos sus colores y cuadernos al suelo: "¡No quiero hacer esa tarea, es muy difícil!" gritaba mientras lanzaba todo por los aires. Mientras tanto la madre le insistía en lo importante de terminar para luego poder ver la televisión. Una media hora después la mamá de José terminó levantando los colores y cuadernos mientras el niño estaba "castigado" en su cuarto.

Muchas personas creen erróneamente que trabajar con  el cambio de comportamiento con las estrategias de la modificación de conducta o análisis conductual requiere solo la aplicación de castigos y reforzadores. Desde la escuela conductista existen muchos procedimientos que superan la aplicación de consecuencias aversivas o placenteras. Uno de esos procedimientos es la sobre corrección, que no es más que invitar a la persona, en este caso hablaré de niños pues es lo que más se me presenta en consulta, a repetir una conducta con los patrones esperados o adecuados. Veamos un ejemplo sencillo: si al salir del cuarto el niño tira la puerta,  lo invitamos a que se devuelva, la abra y al cierre nuevamente de manera adecuada (despacio).
En el caso del inicio de este texto, la madre no permitió que el niño reparara el daño, levantando él mismo el desastre que hizo y, en cambio, lo envió a su cuarto, lo que el hijo está aprendiendo en esta situación es que cada vez que tienen un ataque de ira y hace un desastre puede irse a su cuarto, EVITA la situación (terminar la tarea) y otro repara el daño que él hizo.
Los ejemplos pueden ser infinitos pero me quiero detener en la forma como los adultos suelen aplicar este procedimiento.
Muchos adultos utilizan esta estrategia como un castigo, convirtiendo la sobre corrección en una situación desagradable para el niño, con órdenes como: "¡Te devuelves y cierras la puerta como es! incluso algunos agregan una amenaza al final: “¡si no vas a ver!"
Otro punto importante es el reforzador que debe seguir a la sobre corrección, una vez que el niño repite la conducta de manera adecuada el adulto no refuerza, muchos de mis consultantes me dicen: "Es que no le voy a felicitar la malcriadez, ni tengo por qué elogiarlo si hizo algo malo él primero". En la sobre corrección lo que está implícito es la reparación de un daño, hecho con o sin intención, recordemos que el fin último del aprendizaje de nuevos comportamientos es precisamente reconocer la propia responsabilidad de nuestras acciones y, dado el caso, asumir las consecuencias de aquellas inadecuadas y, siempre que sea posible, reparar el daño, aún cuando la reparación no implique evadir la consecuencia siempre es importante que el niño aprenda a hacerla.
Así que cada vez que su hijo, alumno o familiar haga algo inadecuado, invítelo a reparar la conducta, puede moldearle la forma de hacerlo (cerrando usted la puerta de manera adecuada para que el niño lo vea) posiblemente su conducta se debe a que simplemente no conoce otra forma, la forma correcta, de hacerlo, de eso se trata el aprendizaje. Luego que el niño repita la conducta, pero de manera adecuada, elogie su conducta y esfuerzo un "Gracias por hacerlo" nunca está demás, no subestime el poder de sus palabras.

Del “cómo evito” al “cómo le enseño”: utilidad de la terapia conductual en problemas del comportamiento infantil



De todas las preguntas que me hacen los padres la que más se repite es: “¿Cómo evito para que mi hijo(a) haga eso?”. Desde pequeños fuimos criados en una cultura de la prohibición, del “eso no se hace” y así vamos reproduciendo esa pauta en nuestros hijos. La angustia de los padres en el consultorio es que los hijos “dejen de hacer” tal o cual conducta, que “no hagan” eso que a la maestra le incomoda. Y yo les devuelvo la pregunta: “¿Qué sí pueden hacer sus hijos?”
Una de las cosas en las que más insisto es en la función preventiva de la psicología. En medicina hay un dicho que dice: “la mejor medicina es la que previene”, en psicología aplica la misma afirmación, la mejor psicología es la que busca enseñar comportamientos adecuados y disminuir conductas de riesgo. En el caso de las intervenciones con niños, el objetivo es enseñar, reforzar, no prohibir y castigar. Veamos el siguiente diálogo que, manera de ejemplo, resume lo que he dicho:
Un niño se sienta a comer cada mediodía con sus padres, pero apenas pasan 5 minutos, comienza a comer con las manos, esto ha pasado por más de 2 meses, la madre en una sesión, con una voz angustiada me dice: “No quiero que coma con las manos”.
Y yo le pregunto: “¿Qué espera usted que él haga, qué quiere?”
Ella abre los ojos, como queriéndome insultar por no comprender lo obvio de la respuesta:  “¡Quiero que coma con los cubiertos, que use la cuchara!”.
Yo, tranquilo le digo: “¿Por qué no comenzó por ahí?”
A esta y a muchas madres, padres, abuelos, tíos, hermanos, docentes y cuidadores les explico que siempre deben preocuparse por enseñar al niño las conductas adecuadas, cuando se plantean esto como meta, por sí solas muchas de las conductas indeseables desaparecen por sí solas, el niño necesita alternativas de comportamiento, está aprendiendo del mundo y nosotros, en vez de prohibir, debemos dar opciones, eso es libertad y educación.
La invitación es entonces a cambiar el  no por una opción, por un sí. A cambiar los “no corras, no comas con las manos, no te levantes, no grites, etc.”, por “camina, usa los cubiertos, siéntate, habla en voz baja”. En la terapia conductual lo que hacemos los psicólogos es precisamente enseñar a los adultos a cambiar esa mente condicionada bajo un modelo de educación punitiva a otro más abierto de orientación y aprendizaje de nuevas conductas, siempre con el uso adecuado de estrategias como el reforzamiento, la sobrecorreción y el modelaje. De esta manera, podemos convertir un problema de conducta en una oportunidad para enseñar positivamente. Así que la próxima vez que vaya al psicólogo pregúntele: “¿Cómo enseño a mi hijo a…?”, en vez de “¿Cómo lo castigo por…? O ¿Cómo evito que…?”.

El uso del tiempo fuera como castigo: ¡cuidado la sillita o el rincón pueden convertir monstruos!



Uno de los “castigos” preferidos de los padres y docentes es el uso del tiempo fuera, esa estrategia que los maestros muy creativamente han llamado “la silla de pensar o de reflexión” y que algunos padres llaman “el rincón de castigo”. Esta es una estrategia efectiva, pero mal utilizada puede convertirse en un arma de doble filo para los adultos, generando mayores problemas tales como el oposicionismo o el negativismo en los niños.
En Internet se pueden conseguir múltiples explicaciones, desde las más científicas hasta las más populares sobre el uso del tiempo fuera, pero aquí quiero plantear los resultados de mi experiencia en la práctica con fundamento en lo que dice la teoría.
Para comprenderlo mejor, debemos entender el tiempo fuera como una estrategia para retirar al niño de una situación que lo está reforzando (por ejemplo, al momento de comer, la hermana más pequeña se ríe cuando el niño come con las manos, como no podemos retirar a la niña, retiramos al niño de la situación; otra forma es el caso contrario, retirar a la niña y el niño permanece, a esto último se le llama tiempo fuera parcial). En ambos casos estamos retirando el reforzador (la hermana) de la presencia del niño, para que elimine su conducta inadecuada de comer con las manos.
El tiempo fuera solo debe usarse para eliminar el reforzar de la presencia de la persona que está emitiendo una conducta inadecuada y que es reforzada por ese estímulo (persona, objeto, animal). Entonces ¿cuál es el error de padres y docentes? Entender que el tiempo fuera es un castigo por sí solo, que estar sentados o parados en un rincón es un castigo porque el niño aislado “sentirá mal” y recapacitará. Esto es más falso que cierto ¿por qué? Porque en efecto estar aislado en un rincón mientras otros siguen con su vida, genera cierta carga de incomodidad, pero si se aplica muy seguido esa incomodidad ya no será tal lo que hará que esa parte pequeña que lo hace un castigo se pierda. Por otra parte, si aún aislado el niño aún puede estar en presencia del reforzador de su  mal comportamiento, entonces no es un tiempo fuera. Lo que hace de esta estrategia un castigo es que al niño se le retire el reforzador, moviendo el reforzador fuera de su presencia o moviendo al niño lejos de su alcance.
¿Cómo puede afectar a los adultos la aplicación inadecuada de un tiempo fuera? En primer lugar, llegado un tiempo de aplicar el tiempo fuera de manera errada, este perderá su efecto y el  niño lo utilizará para evitar una tarea. En segundo lugar, puede generar conductas adversas como oposicionismo o negativismo que puede hacer más difícil el manejo conductual del  niño. En tercer lugar, los adultos pueden usar el tiempo fuera para liberarse ellos del problema del niño (por ejemplo, para evitar escuchar el llanto, lo envían a un rincón en el baño o en su cuarto), aquí la técnica está totalmente desvirtuada y es lo que suele suceder más comúnmente.
En cuanto a la duración del tiempo fuera, popularmente se ha difundido la noción de mantener al niño tantos minutos como años tengas, por ejemplo, si tiene 3 años, son tres minutos, esto es relativo, pues si nos quedó claro que el objetivo es retirar un reforzador más que hacer que el niño se sienta incómodo con esta técnica, lo que debemos hacer es controlar la presencia del reforzador y buscar estrategias alternativas para el control conductual del niño que se puedan usar de forma paralela al tiempo fuera.
Entonces, debe quedarnos claro que el tiempo fuera solo es un castigo adecuado cuando el reforzador de la conducta inadecuada es retirado de la presencia del niño, moviendo al niño o moviendo al reforzador y que la duración es relativa. Además, esta estrategia, como todas las estrategias de manejo conductual, deben manejarse en conjunto con otras técnicas para hacer una intervención efectiva, de ahí que su aplicación siempre requerirá el acompañamiento de un profesional con experiencia, por lo menos en los primeros pasos, luego los padres seguro serán todos unos expertos.

¿Llevar a mi hijo? Cuando ir al psicólogo deja de ser un tabú



Una vez iba en el metro y escuchaba a una madre decir: “No aguanto a mi hijo, me tienen cansadas las maestras mandándome notas todos los días… ya nada de lo que hago me sirve.”. Otro día, una mamá me dijo: “No hay manuales para papás, es muy difícil entender qué es lo que quieren y parece que él (el hijo de 5 años) no sabe cuándo tiene que parar”.
Historias como estas son comunes en estos días. Los padres tienen poco tiempo, los niños pasan más tiempo con cuidadores que con sus propios familiares. Aunado a eso, en los tiempos libres la televisión y los videos juegos “se encargan” de los chamos de la casa. Ciertamente la madre de la historia tiene razón: no hay manuales para papás, pero existen ciertas pautas que los pueden ayudar a llevar adelante una vida más tranquila, para disfrutar realmente los pocos momentos en familia.
La ida al psicólogo sigue siendo actualmente un tema tabú para muchos adultos y más aún para padres. Existe el mito vigente de que el psicólogo solo atiende a los “locos” o a las personas con algún problema emocional difícil de tratar. Sin embargo, en los últimos años la asistencia a este especialista se ha convertido en una necesidad e incluso una exigencia sobre todo en población infantil, pues los colegios con superpoblación refieren constantemente.
Al psicólogo pueden asistir niños con apenas algunos meses de vida hasta personas de la tercera edad, pasando por jóvenes y adultos, sin necesidad de que haya un trastorno grave de por medio. Basta sentir la necesidad de tener un apoyo con respecto a la crianza de los niños, la toma de decisiones, dificultades de aprendizaje, problemas en la pareja, entre otros, para acudir a este profesional. El psicólogo no le va a decir qué hacer, pero sí lo ayudará a reconocer en su vida los elementos para tomar decisiones que le hagan sentir bien y, si los resultados salen mal, le ayudará a manejar las emociones de esas situaciones difíciles.
Específicamente en el caso de la psicología infantil, los padres pueden pedir la ayuda de un psicólogo para temas tan puntuales como la necesidad de hacer que el niño duerma en su cuarto, o deje los berrinches constantes, hasta por temas más comprometidos como un diagnóstico de Autismo, Retardo Mental o Síndrome de Down.
Un profesional bien capacitado puede ofrecerle la ayuda necesaria para atender los problemas de conducta más inmediatos, así como acompañarlo en la elaboración de un plan de acción  para la atención adecuada de su niño, pues muchas de las veces se requiere el apoyo de otros profesionales para lograr un apoyo óptimo, tal como neuropediatras, terapeuta de lenguaje, terapeuta ocupacional.
La mejor intervención es la que se hace a tiempo y con los más pequeños de la casa esta afirmación es válida. Hasta los 6 años el niño va desarrollando su cerebro rápidamente, de manera que es posible una “intervención temprana” que utiliza a favor esa plasticidad cerebral para lograr cambios más rápidos de los que se harían en edades más avanzadas.
Así que deje de lado el tabú de ir al psicólogo y convierta a este especialista en su mejor aliado para lograr un adecuado ajuste socioemocional de usted y sus niños.
Señales de alerta para llevar a su hijo al psicólogo:
·         Está muy intranquilo, pareciera que nunca se cansa.
·         Se aísla, no juega con niños de su edad o prefiere solo la compañía de los adultos.
·         Tiene retardo en el lenguaje o problemas para comunicarse con los demás.
·         Es muy agresivo, se golpea, golpea a otros.
·         Le cuesta aceptar un “no” como respuesta, se frustra muy rápido, es muy irritable.
·         Sus berrinches o pataletas son incontrolables.
·         No quiere dormir solo.